Impresiones de viaje. Crónicas del Pino de la Virgen

2018-04-27T14:26:00+00:00

Durante el siglo XIX fueron muchos los viajeros que llegaron a Canarias, unos guiados por motivos científicos, otros en busca de su salud, otros con afán de enriquecerse y otros tantos para satisfacer su romántico espíritu aventurero en unas tierras relativamente cercanas a Europa. Algunos de ellos, en su periplo por Canarias, estuvieron en la isla de La Palma y, más concretamente, pasaron o se acercaron al Pino de la Virgen de El Paso, dejándonos unas crónicas maravillosas del Pino Santo de La Palma y de la Virgen aparecida en el mismo. Destacamos a los siguientes:

 

Sabino Berthelot (Marsella 1794 – Santa Cruz de Tenerife 1880)
Naturalista francés que llegó a Tenerife a principios de 1820, donde residió durante unos diez años. En La Orotava fundó un Liceo, en colaboración con su amigo Alexandre Auber, y allí trabajó como docente. Se encargó también del Jardín Botánico del Puerto de La Cruz, interesándose en la flora insular. Junto al botánico inglés P.B. Webb exploraron las islas, verificando observaciones y tomando infinidad de datos. El resultado de ello fue la publicación de la “Historia Natural de las Islas Canarias” (1839). Otras obras de Berthelot fueron: “Misceláneas Canarias”, “Etnografía”, “Antigüedades Canarias”, “Árboles y Bosques”, “Noticia sobre los caracteres jeroglíficos grabados en las rocas volcánicas de las Islas Canarias”, que fue el primer estudio realizado sobre los petroglifos en Canarias.
Enamorado de las Islas Canarias, Sabino Berthelot regresó al Archipiélago cuando en 1847 el Gobierno francés le nombró cónsul en Santa Cruz de Tenerife, ciudad esta que le dio el título de Hijo Adoptivo.
En mayo de 1830, Sabino Berthelot junto a Philipp Barker Webb estuvieron un mes en La Palma. Durante la estancia en nuestra isla supo plasmar en forma de relato la profunda religiosidad isleña y el fervoroso culto que ya nuestros antepasados profesaban a la Virgen del Pino, publicado en su libro “Árboles y Bosques” que transcribimos:

[…] Cada isla de este archipiélago posee de estos pinos venerados que la piedad de los habitantes de los campos ha consagrado a las Vírgenes milagrosas. En La Palma he visto uno enorme que se decía ser contemporáneo de la conquista; y sin embargo, después de tantos años, este hermoso árbol no parecía haber envejecido. Una pequeña imagen de la Virgen estaba colocada debajo de la primera ramificación en un nicho tallado en la misma madera del tronco; un leñador de la vecindad se adelantaba todas las noches, recogido y silencioso, hacia esta capilla viviente, para encender un farol suspendido encima de la Santa imagen. Cuando se pasaba, al entrar la noche, al lado de este Pino Santo, la lámpara que velaba solitaria en medio de la oscuridad, los reflejos de esta luz misteriosa bajo la bóveda de follaje que protegía la Santa Virgen, todo en estos lugares inspiraba recogimiento. A mí, la presencia de este árbol, revestido de la inviolabilidad, y al cual se había consagrado una especie de culto, me causó una profunda emoción.
El Pino Santo de la isla de La Palma forma parte del monte de Aridane; durante la primavera del año 1830, recorría yo esta curiosa comarca. La vegetación, reanimada por las lluvias del invierno, tomaba nueva vida; habíanse prolongado mis herborizaciones hasta la tardecita, y acababa de atravesar la degollada de la Cumbre para descender al valle, cuando la noche me sorprendió al penetrar en los bosques que rodean la aldea de El Paso. Favorecido por un hermoso claro de luna, pude continuar mi camino y gozar de una escena cuyo recuerdo he conservado. La calma que reinaba en estos lugares desiertos, los perfumes del aire, la claridad del cielo, todo aumentaba el encanto de aquella hermosa noche. Unos resplandores vaporosos atravesaban el follaje, las masas de sombra que se proyectaban a lo lejos, ese contraste de oscuridad y luz, daba a este paisaje nocturno cierto carácter mágico. Al llegar a la orilla de la selva, los troncos de árboles derribados y otros que el fuego había medio consumido me sacaron de mis dulces contemplaciones. Varios leñadores que acababan de terminar su faena, regresaban cantando a la aldea:
– “Estos árboles, me dijo uno a quien pregunté, son el sustento de nuestra familias; cuando nuevos, nos suministran sus ramas y su resina; después de viejos, nos aprovechamos de la madera”.
– “Pero, cuando estos se acaben, ¿quién os alimentará?”, les dije yo.
– “Los pequeños se hacen grandes, y nuestros hijos hallarán otros”.
– “¿Respetareis al menos el Pino Santo?”
– A esta pregunta el buen hombre se detuvo y mirándome a la cara respondió:
– “Ese no nos pertenece”.
– “¿Y de quien es, pues?”
– “De la Virgen”, dijo humildemente, quitándose el sombrero. […]

 

 

 

René Verneau (La Chapelle 1852 – París 1938).

Antropólogo francés que después de cursar estudios en París hizo numerosos viajes a diferentes lugares de Europa, con objeto de estudiar las razas antiguas. En marzo de 1876 es encargado de una misión científica en el archipiélago canario. En 1884 hizo un nuevo viaje a las Islas, permaneciendo en ellas hasta 1888. En septiembre de 1879 se constituye en Las Palmas “El Museo Canario”, y en la primera Junta General celebrada se acuerda nombrar socios de honor a Sabino Berthelot, René Verneau y varios más. En otras tres ocasiones estuvo de nuevo el Dr. Verneau en las Islas. En su obra “Cinco años de estancia en las Islas Canarias”, publicada en 1891, se recoge el episodio de la Virgen del Pino de El Paso, que reproducimos a continuación:

[…]El pino bajo el cual nos habíamos parado estaba situado en medio del camino. Era uno de los más bellos del archipiélago y poseía toda una historia. En la época de la conquista tenía ya una buena altura y, contrariamente a los otros pinos de Canarias, que crecen derechos, éste se ramificaba y extendía a lo lejos sus largas ramas. Cuando los soldados de Alonso de Lugo llegaron a este lugar, a uno se le ocurrió subirse al árbol, y cual no sería su sorpresa al encontrar en medio de las ramas una estatua de la Virgen. Esta tenía una predilección especial por este archipiélago, pues en casi todas las isla se habían encontrado imágenes que no podían haber llegado allí sino de una manera milagrosa. Tal fue la opinión unánime del ejército español en presencia de la Virgen del Pino, de la isla de La Palma.
El domicilio que ella había elegido no pareció a estos hombres piadosos digno de la madre de Dios. Se pusieron manos a la obra para construirle una vivienda más confortable, y muy pronto una pequeña capilla se elevó al lado del pino. Se transportó con gran pompa a la Virgen a su nuevo local, un cura la colocó en el altar con todas las señales del más profundo respeto y, cuando se preparaba a oficiar la misa, ante la estupefacción de todos los asistentes, la Virgen cayó a tierra. Vueltos de su estupor, los fieles pensaron que podían haberla sujetado mal. Fue alzada piadosamente y colocada de nuevo en el sitio que le habían asignado. Esta vez, todas las precauciones habían sido tomadas. Cuando cada uno se preparaba a oír misa, de nuevo la milagrosa estatua se precipitó al suelo. Una tercera y una cuarta tentativas no dieron mejor resultado. Había que rendirse a la evidencia: el lugar no convenía. Puesta de nuevo en el árbol, no se cayó más. Expresaba con demasiada claridad su voluntad para que nadie pudiera confundirse. Sin embargo, los españoles no se dieron por vencidos. Habían decidido no dejar a la Virgen expuesta a las inclemencias del tiempo y se les ocurrió hacer, en el mismo tronco del pino, un nicho que fuera capaz de recibirla. La operación tuvo un éxito maravilloso, la estatua quedó tranquila y el árbol resistió la mutilación. Allí es donde pude ver, en 1878, la milagrosa Virgen, que está lejos de ser una obra de arte. Al lado se encontraba un cepillo para recibir las ofrendas de los fieles y, a unos metros, las ruinas de la pequeña capilla. Me han afirmado hace pocos meses que ya no queda nada de todo eso. Un bárbaro, para poner aquellos terrenos en cultivo, descargó sobre el pino su hacha sacrílega. Este veterano de los bosques de La Palma ha desaparecido.
El pueblo de El Paso no presentaba ninguna particularidad notable, aparte de su famoso pino. El viajero puede hoy atravesar el país sin parar allí. A pesar de su clima templado, a pesar de su agua, este municipio, situado a 628 metros de altitud, es poco fértil. La naturaleza del terreno casi no se presta al cultivo.[…]

 

 

Olivia M. Stone
Viajera inglesa que junto a su marido John Harris Stone recorre las Islas Canarias entre 1883 y 1884. Escritora dedicada a la metódica anotación de la realidad “extraña” en que penetra, valiéndose de su capacidad de análisis y de la información que siempre compila rigurosamente. Visita La Palma en el mes de octubre de 1883, alojándose en Argual, como huésped de la familia Sotomayor, a la cual llega con una carta de presentación. Del viaje por la isla, destacamos que su voz se alza en contra de la tala del bosque canario, es una defensora del “pinus canariensis”. Denuncia como en La Palma se tala mediante la práctica de quema, agujereando el tronco y después prendiéndole fuego hasta provocar su caída.
En su obra “Tenerife y sus seis satélites”, publicada en inglés en 1887, se recoge la descripción de la llegada de la Sra. Stone a la isla de La Palma y su viaje hasta Argual, a través del camino de la Cumbre Nueva, con la visita obligada al Pino de la Virgen.

[…] Finalmente alcanzamos la cumbre de El Paso, a 4.300 pies de altitud según nuestro aneroide, a las 4:50 p.m. La vista debe ser grandiosa pero las nubes lo ocultan todo. En el momento justo en que estábamos buscando con desesperación a nuestro alrededor un claro en la neblina, ésta desapareció y pudimos ver, abajo, al oeste, un llano de tierra bien cultivada. El descenso parecía abrupto y desde el fondo hasta el mar todo estaba casi al mismo nivel. Ningún valle o montaña nos limitaba la vista, que no puede compararse en belleza con la del paso en La Gomera desde donde dominamos Hermigua. Pero los árboles o el verdor de cualquier tipo son siempre hermosos y aquí hay más cultivo porque la configuración del terreno y la tierra son muy apropiados para la agricultura. No nos demoramos en la cima porque ya era tarde, sino que bajamos a través de un bosque de pinos y a lo largo de una hilera recta de pinos, al final de la cual descubrimos una capilla pequeña sobre una meseta. El Pino de la Virgen es un edificio cuadrado construido de piedra corriente y sin puerta. En lugar de encontrarnos cerca del nivel del mar, como esperábamos, descubrimos que aún estábamos 2.500 pies por encima de él. Sin embargo, el declive era tan suave que bajamos trotando rápidamente por el cauce del barranco que, al estar formado por muchas piedras pequeñas, era como una buena carretera. El sol caía ahora rápidamente y, como cuando se pone cae la noche sin crepúsculo, esto nos obligaba a darnos prisa porque aún nos encontrábamos a bastante distancia de Argual. Pasamos cerca de algunas casas junto al barranco que, según nuestro guía nos dijo, se llaman Las Cuevas.[…]

 

Cipriano de Arribas Sánchez (Ávila 1844 – Los Realejos 1921)

Viene a Canarias como farmacéutico en compañía de su primera esposa, doña Hilaria de Abía y Alonso, que comparte con él interés por la Historia. Su primera escala la hace en Arrecife donde desempeñó su profesión durante varios años. En junio de 1879 solicita el nombramiento de farmacéutico de Icod que consigue, pero posteriormente le arrebatan el cargo. Años más tarde Arribas se traslada a Los Realejos.
En cuanto a su obra “A través de las Islas Canarias”, parece estar claro que es la única que escribió y que debió gestar en las notas tomadas junto a su primera esposa desde su llegada a Arrecife hasta su publicación en 1900. La última fecha que aparece citada en el libro es el 9 de noviembre de 1899. Recogemos unas notas del municipio de El Paso, villa por entonces, entresacadas del libro, y que por supuesto mencionan al Pino de la Virgen:

 

[…] Empieza aquí la cumbre, llamándose al camino que la atraviesa, camino de la cumbre nueva. A las 2 ½ horas pasamos a la cumbre alta cuya altura es de 4.294 pies sobre el nivel del mar. Esta elevada serranía es la que divide en dos la isla, desde ella contemplamos la parte occidental que en conjunto los naturales conocen con el nombre de la banda y podemos decir que su vista es una de las más bellas que puede un hombre admirar. Descendemos dejando a un lado el pino secular en cuyo escabado tronco aún existe la imagen de la Santísima Virgen y al final penetramos en el pintoresco pueblo de El Paso.
El Paso (villa)

Pueblo de 3.741 almas, situado en terreno montuoso, a una altura de 628 metros sobre el mar. Por este motivo resulta frío y húmedo su clima en el invierno y algo cálido en verano. Un fenómeno raro se observa con el viento levante, al bajar al pueblo y lo mismo al de Los Llanos, pues lo verifica con un ruido particular. A 24 kilómetros de la capital, muy próxima a la caldera por la parte Sur, un templo está en construcción. (I) Produce buenos vinos, frutos y cereales y se recolecta bastante seda, con la que se hacen algunos tejidos como asimismo de lana y lienzos de hilo. Críase mucho ganado.
Su iglesia edificada en 1710 fue erigida parroquia en 1860 y está consagrada a Ntra. Sra. de Bonanza. Su Curato es de entrada.

Que será de tres naves, pues tendrá 42 metros de largo por 20 de ancho. […]

 

Recopilación a cargo de Carlos Valentín Lorenzo Hernández

(ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PROGRAMA DE LAS “FIESTAS TRIENALES NTRA. SRA. DEL PINO” DE EL PASO. AÑO 2006)    

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